2/8/16

Pensamientos "Manejo de la Tensión"

 
Manejo de la Tensión

Un conferencista hablaba sobre el manejo de la tensión. Levantó un vaso con agua y preguntó al auditorio:

-¿Cuánto creen ustedes que pesa este vaso con agua?

Las respuestas variaron entre 20 y 500 gramos. Entonces el conferencista comentó:

-No importa el peso absoluto. Depende de cuánto TIEMPO voy a sostenerlo. Si lo sostengo por un minuto, no pasa nada. Si lo sostengo durante una hora, tendré DOLOR en mi brazo. Si lo sostengo durante un día completo, tendrán que llamar una ambulancia. Pero es exactamente el MISMO peso, pero entre más tiempo paso sosteniéndolo, más pesado se va volviendo.

Y concluyó:

-Si cargamos nuestros PESARES todo el tiempo, luego, más temprano o más tarde, ya no seremos capaces de continuar, la carga se irá volviendo cada vez MAS PESADA. Lo que tienes que hacer es DEJAR el vaso en algún lugar y descansar un poco antes de sostenerlo nuevamente.
Tienes que dejar la carga de lado periódicamente, ¡de la forma que sea!
Es reconfortante y te vuelve capaz de continuar. Entonces, antes de que vuelvas esta noche a tu casa, deja afuera el pesar, en un rincón. No lo lleves a tu casa. Mañana podrás recogerlo otra vez, al salir.

La vida es corta... ¡Aprovéchala!

15/6/16

Me dispongo a perdonar

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Me dispongo a perdonar

Me gusta la sensación
de libertad que siento
cuando me quito la pesada
capa de críticas, miedo,
culpa, resentimiento
y vergüenza.
Entonces puedo perdonarme
a mi y perdonar a los demás.
Eso nos deja libres a todos.

Renuncio a darle vueltas
y más vueltas
a viejos problemas.
Me niego a seguir viviendo
en el pasado.
Me perdono por haber
llevado esa carga
durante tanto tiempo,
por no haber sabido
amarme a mi
ni amar a los demás.

Cada persona es responsable
de su comportamiento.

Así pues no necesito
castigar a nadie,
todos estamos sometidos
a las leyes de
nuestra propia conciencia,
yo también.

Continúo con mi trabajo
de limpiar las partes
negativas de mi mente
y dar entrada al amor.
Entonces me curo.


Louise L. Hay
 

2/5/16

Pensamientos: "La mariposa azul"


La mariposa azul

Había una vez un gusanito que llevaba mucho tiempo escondido en un viejo árbol, porque se sabía feo y arrugado. Eligió el lugar más triste de aquél jardín abandonado, pensando que ningún niño travieso iría a aplastarlo con el pie, asustado de su fealdad, y ahora no se atrevía a salir.

Sus pequeños ojos, mojados de llanto, vislumbraban tímidamente los atisbos de los rayos del sol, y su boca diminuta bebía ávidamente las gotas de lluvia que resbalaban por el hueco gris del árbol que le servía de casa. Afuera había flores, pero allí sólo tenía oscuridad y hambre. Estaba muy débil y decidido a morir porque inspiraba terror. En su mente de animal acorralado, el implacable tic-tac de un reloj le marcaba con crueldad el paso de las horas ... y cubierto por un velo de angustia se dispuso a dormir para no despertar jamás. Se escondió aún más, y curvándose sobre sí se quedó quietecito, quietecito.

No supo cuanto tiempo durmió, pero de repente se sintió alzado en el aire por unos dedos humanos. El sol lo cegaba. El jardín, invadido por niños sonrientes, parecía bellísimo y acogedor. "Después de esto - pensó - bien vale la pena morir".

Y cerrando los ojos, esperó que lo aplastaran. Entonces oyó como una melodía la voz de una niña que exclamaba alborozada: "Es la mariposa más bonita que he visto en mi vida".

Se sintió colocado con delicadeza sobre una rosa. Estaban refiriéndose a él. El gusanito no podía creerlo. Quizás todavía estaba dormido y esto era un sueño. Se sacudió para despertarse, y sus alas azules lo elevaron sobre las cabezas infantiles. Era cierto, podía volar. Era una mariposa.

Feliz de despertar a una maravillosa realidad, la mariposa azul trazó en el aire una graciosa pirueta y subió más y más por sobre todos los niños... por sobre todas las rosas. Se posó entonces en el viejo árbol que la cobijara durante su fealdad y abrazándolo con sus lindas alas azules, se quedó otra vez quietecita... muy quietecita.

... Así ocurre muchas veces, creemos que el mundo se nos acaba, y luego todo se pinta de colores brillantes, que nos invitan a sonreír, a luchar y sobre todo, a amar la vida!

13/4/16

Pensamientos: "El atardecer de la vida"


El atardecer de la vida

El sol se despedía del Imperio Tré. El vasallo caminaba junto a la anciana del molino amarillo. Iban conversando sobre la vida.

- ¿Qué cosa es lo que más te gusta de la vida, anciana?

La viejecilla del molino amarillo se entretenía en lanzar los ojos hacia el ocaso.

- Los atardeceres –respondió.

El vasallo preguntó, confundido:

- ¿No te gustan más los amaneceres? Mira que no he visto cosa más hermosa que el nacimiento del sol allá, detrás de las verdes colinas de Tré.

Y reafirmándose, exclamó:

- ¿Sabes? Yo prefiero los amaneceres.

La anciana dejó sobre el piso la canastilla de espigas que sus arrugadas manos llevaban. Dirigiéndose hacia el vasallo, con tono de voz dulce y conciliador, dijo:

- Los amaneceres son bellos, sí. Pero las puestas de sol me dicen más. Son momentos en los que me gusta reflexionar y pensar mucho. Son momentos que me dicen cosas de mí misma.

- ¿Cosas? ¿De ti misma...? – inquirió el vasallo. No sabía a qué se refería la viejecilla con aquella frase.

Antes de cerrar la puerta del molino amarillo, la anciana añadió:

- Claro. La vida es como un amanecer para los jóvenes como tú. Para los ancianos, como yo, es un bello atardecer. Lo que al inicio el precioso, al final llega a ser plenamente hermoso. Por eso prefiero los atardeceres... ¡Mira!

La anciana apuntó con su mano hacia el horizonte. El sol se ocultó y un cálido color rosado se extendió por todo el cielo del Imperio Tré. El vasallo guardó silencio. Quedó absorto ante tanta belleza.

La vida es un instante que pasa y no vuelve. Comienza con un fresco amanecer; y como un atardecer sereno se nos va. De nosotros depende que el sol de nuestra vida, cuando se despida del cielo llamado “historia”, coloreé con hermosos colores su despedida. Colores que sean los recuerdos bonitos que guarden de nosotros las personas que vivieron a nuestro lado.

Enviado por Agustín Pimentel